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25 may. 2012

I

El niño desangraba miserias, allí, en su ojo izquierdo. Con cada paso, una sombra de materia esbozándose perdida. Los extensos metales de la ciudad postulándose sobre una prematura deformidad y extenuando los amontonados pulmones que la respiraban con hambre de nada. Había las marmoledas que se erguían solitarias entre los hombres, como un monumento de huérfanos. Descansaban los extensos metales y el fatigado hormigón sobre las máquinas carnales, moliendo el aire de los vivientes y el paso de los días.
Habría caído en la somnolencia de una voluptuosa verticalidad cuando la torpe naturaleza de hormigón se adivinó desnuda de huecos y silencios. Encontró, tal vez, una boca abierta y su ojo enfermo. Y la desvanecida luz de los finales, donde los amaneceres incestuosos fornican con su madre de sueños, matándola con cada beso.
El niño llevaba a cuestas su ojo enfermo, tenía el sueño dormido y su ojo enfermo.
Quizás desmembró algunas noches y alguna noche le desfiguró los días, pero el niño llevaba a cuestas su ojo enfermo, tenía el sueño dormido y su ojo enfermo.
Fue la náusea un círculo entre el hambre y la muerte, el aire detenido sobre los metales, una última sombra manchada en el ojo.

II

Nuestro niño es una víctima indolente. Le arrancaría los ojos a Dios para entregárselos a esa hembra que dibujaba meticulosamente un aire profano frente a una vidriera de Palermo. Debió haberse entusiasmado porque la policía total de las vidrieras le quebró el tiempo y las ganas. Pasó un tiempo en la comarca de los vejámenes donde su ojo se detenía sobre esas tetas palermitanas y el asombro del tiempo quebrado, y el mundo dividido, y la policía total sobre sus ganas.
Su avaricia residía en el centro perfecto de su ojo. Invirtió el desborde de la más completa pantofilia. Enarboló su rencor como una risa autista, un secreto de ladrón; era la noche despierta.
Pero los metales estaban más cerca y le dibujaban el cuerpo. Fue todo niño y también todo final.
Del otro lado del metal le ofrecieron la calle repetida, la viscosidad de una noche amarilla. Despertó muerto con el rencor apenas respirado y el rostro espejado en el silencio.
Fue el deseo, desbocándose como una hiena abusada de riquezas, la azarosa ofrenda donde toda libertad se arroja penúltima al último ojo ciego.

III

Los días se enfriaban como la lenta descomposición de una madre.
Quieto, como para siempre quieto, observó esa penúltima carne mineral que le dictaba todavía algunas leves porfías. Se morían lentas y tan pequeñas…
La calumnia de los días ensayaron sulfurar sus gestos, y espejaba al doliente del otro lado del ojo abierto.
Antiguas pretensiones de la piedra abundaban su superficie, estaba loco de
polvo, le dolieron las arenas del hombre, le dolieron el costado. Se le escondió el sueño y lo desnudaba la noche, lo desnudaba el hambre.
Tuvo para sí la completa beatitud de un verdugo enfermo. Tuvo la vanidad de morir con los ojos abiertos donde quedó sin tiempo a la orilla de un cordón y donde los hombres le dibujarán una sombra.
Es esta muerte la convergencia del deseo y la náusea, la evolución obstinada de la videncia prófuga; el costoso ensayo mineral de un ojo abierto.

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