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5 ago. 2012

LA ESPERA

Está mirando caer el día. Donde otros encuentran la costumbre, el ruido imperceptible del viento entre las ramas, la pequeña posa los ojos enormes, desnudos como ella, ávidos, insomnes. (Es pequeña porque sabe que el mundo pesa mucho más, es pequeña donde no acaban de endurecerse los callos, y tiene esos ojos que no resignan la parte muelle de las sombras, y tiene esa boca como llena de besos violentos). Donde otros encontrarían una interrupción, la mancha de la naturaleza en cualquier vereda, donde otros aplicarían la indiferencia aprendida, la pequeña tiembla de espera. Ella espera mintiendo porque no espera. Puede quedarse colgando al aire la mirada fija, como quien regala un perro que está por morirse. Puede quedarse con las manos cubriendo lo íntimo, provocadora de inocencias hasta dormirlas. Puede quedarse con el pelo recibiendo la piel del desierto. Ella espera frente a esos lugares de fronda, donde otros encuentran la costumbre y pasan inadvirtiendo. Otros pasan. La pequeña espera. Puede quedarse casi azul de frío, temblando la incomodidad como quien cuenta las pausas de un juego. Puede quedarse casi como si no estuviera. La pequeña espera, balanceándose dentro de la mentira. (La mentira es una hamaca hecha con el cuero de un perro abandonado, otra de las formas de su desarraigo, otro de los lugares donde no la acaricia nadie). Donde otros no verían nada, la pequeña se asoma. Se detiene pero avanza. Ella espera mientras va ocupando con los ojos. Ella diría que no sabe qué le pasa. Y no lo sabe, pero es mentira su espera. Se le está viendo la bestia en lo tierno. Se le está viendo la cercanía con lo salvaje que le crece, a medida que diferencia una rama de otra rama. Allí, donde otros encuentran la costumbre, la pequeña tiembla y desnuda, la pequeña grácil y haciendo el daño, está mirando caer el día.

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