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8 sept. 2012

VA POR CADA GRAMO DE AIRE SECO


Las cosas se pegaban. Se daban y se daban, se aglutinaban, se amontonaban.
Se montaban en amores haciendo pegotes de porcelanas y pegasos de madera pintada. Los pisos estaban babosa resbalándome la estancia y cuando sobre una pared me apoyaba, quedaba calina abichada, vestida de novia y peinada por una vaca.

Socios de gelatina acariciaban la atmósfera y juntaban las pelusas que los ombligos desperdiciaban, lacrando con huellas bailarinas todos los cristales que caían cuando la fragilidad soltaba.

Y si el agua transpiraba vasos y esporas, la dejaba meditando por horas en charcos para puentear con sacos. Eran ríos endocrinazos regalados por el día que humedaba las ventanas y retinas. 

Las noches acarameladas suelen tener ese no sé qué imantado insectal, sin embargo un calco cascarudo no se despegaba de su espalda y era duro. Algo nos derretía con gel los colores y despedía los ojos de sus delineados.

El cuerpo se ablandaba como masa de moldear y daba figuras de trino y fluidos lentos. Solo se me ocurrió unir los papeles y untarlos como toallas. Boda de fiesta y dedo, de donde nació un gemelo y su húmeda hermana. 



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