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23 mar. 2013

EL GATO NEGRO


Era un perfecto gato negro. Era un perfectísimo gato negro sentado sobre, lo que se cree que podría denominarse, por remitir o referir algún tipo de mueble antiguo, una cómoda. Antes, las personas le decían cómoda al mueble que, para ventaja de la familia de clase media en ascenso, servía para apoyar gatos negros, en este caso, en algunos otros casos las personas usaban el mencionado mueble para guardar únicamente ropa. Hay un uso inapropiado del adverbio; quizás debería situarse éste antes, y hacer referencia al mueble y no a las personas que le daban sentido de uso al mueble. Los usaban únicamente para guardar ropa. Bien de uso; se supone que Marx le puso ese nombre y por algo no le puso bien de cambio, porque así estaríamos frente a un Iván en intento de vender la cómoda como bien de cambio y no dejando al gato negro apoyado y adornando la sala de estar y en ese caso la cómoda era un bien de uso porque Iván existía y la cómoda era cómoda y no era gato ni árbol y el gato negro lo miraba.
Iván había cruzado los dedos y el gato negro seguía allí, mirándolo como miran los puercos en un corral cuando no se les da de comer por varios días y entonces creen que atacarán o harán alguna especie de rebelión en la granja al mejor estilo Orwell, pero entonces, cuando creyó, Iván, sí, de él estábamos hablando, o escribiendo, cuando éste creyó que la lluvia no pararía, que el cielo escanciaría agua en la tierra hasta perder toda su furia en un abrir y cerrar de ojos del universo. Iván creyó eso pero resultó ser todo lo contrario. El gato negro seguía allí, con su mirada, no hay adjetivos para la mirada de un gato, que, además de estar quieto todo el día en una cómoda que es usada de adorno por la clase media en ascenso que el peronismo hoy dice que le debe las gracias el pésame la Iglesia y la clase media dice que el Gobierno es montonero y si fuese montonero qué, dice una amiga que se sienta a mi lado en cada clase de filosofía que compartimos los lunes y martes en la Facultad de Humanas en una universidad pública creada por el peronismo. No hay de qué hablar a veces, entonces se ponen a discutir de política. Como en la mesa de los domingos, dice alguien, pero la mesa de los domingos es distinta y no todo el mundo tiene una mesa de domingos. Iván seguía sentado en su silla de madera y pensaba. Nadie sabe en qué pensaba, solamente él lo sabía. Ni modo que lo sepa el que lee este relato, sería un disparate que usted se metiera en la cabeza, perdón, en el pensamiento del otro y saber lo que piensa, ergo, podría crear un sistema en el que los pensamientos pudieran ser leídos o cifrados mediante causas-efectos y así comprobar el sentido ulterior de la vida y ser inmortal. La literatura, o mejor dicho la teoría literaria hizo su trabajo y denominó a esto narrador omnisciente. Ni modo que pueda haberlo. Aunque las crónicas de antaño enumeren casos en que estos juglares en extinción fueron aclamados por la crítica en su momento.

Imagen: Samuli Heimonen.


Que la lluvia no se hubiese detenido. Que no hubiese dejado de llover, favoreció y acrecentó las ganas de salir un poco a la calle de Iván. Ni modo que la calle fuese de él, sino que, bien ya lo sabemos, eran las ganas. Enseguida se cambia la ropa usada improvisadamente para dormir y pide un taxi en su puerta. El taxi llega. Iván sale casi despeinado y vuelve la vista hacia la ventana de su habitación. La imagina ahora serena y silenciosa, como los castillos viejos que vio en el documental. El taxi acelera a toda marcha mientras recorre la ciudad que atraviesa como un flechazo las ansias de Iván. El coche se detiene y busca asilo en un estacionamiento cercano al deseo de Iván. El deseo se prorroga unos instantes mientras el cielo se dispone otra vez a llover. Lloverá, piensa el taxista. No hay indicio alguno de que llueva, simplemente porque aún llueve. Sin embargo, Iván se baja del coche instantáneamente después de pagarle al taxista lo que valió el viaje y se dispone a seguir por la senda izquierda hasta llegar al lugar donde su madre lo espera. Esta vez, si lo reconoce, él podrá saludarla y hasta podrá contarle sus planes y sus desdichas o sus deseos o contarle que el taxista fue imprudente al conducir así por la autopista que conecta su casa con la del hospicio donde ella, su madre, está internada desde hace cinco años desde los cuales él no ha sabido cómo sobrellevar la situación con su padre que no reacciona a los hechos mundanos y vive en un mundo de felicidad absoluta. El taxista toma control nuevamente de la situación en que se encuentra y se predispone a darle arranque a su coche. No hay caso. Brrupumpumpu. Brrrrrrrrumpumpumpum. Brrrrrrrr. Nada. El coche seguramente se habrá averiado o se habrá quedado sin gasolina, piensa Iván. A esto lo sabemos porque él vuelve, se vuelve hacia el taxista y le pregunta que por qué el taxi no arranca. Que no lo sé, responde el taxista, a veces no hay porqués.
Iván se apresura. No vaya a ser cosa que llegue tarde a la hora en que sirven el almuerzo y su madre note la tardanza. Sería, para ella que ha sido y es tan pulcra, una total falta de respeto.
Iván, que estuvo atendiendo el negocio de decoración todo el día, ve cómo llueve y se pone a pensar pero no podemos saber qué piensa Iván, además sería aburrido leer un relato —si es que se le puede llamar a esto así— en el que pudiésemos saber qué piensa el personaje. La literatura no es husmear en los pensamientos de los personajes. Hace poco, un tuitstar de Twitter tuiteó algunas cosas entre las que se encontraba el post de un artículo del diario más poderoso de España en el que se explicaba sucintamente que la construcción de los personajes es lo más difícil de hacer en una novela. Patéticos. La escritura se rige por la economía de las palabras —me había dicho Julia cuando caminábamos juntos alguna vez—, como si estuviese prohibido usar demasiadas palabras para decir pocas cosas. Hay personas que lo creen. Otras que no. Nunca nos pondremos de acuerdo y no sé bien por qué; sólo que existe una razón extraña para que nadie esté de acuerdo con nadie salvo que detrás haya una intención económica o sexual, le dijo Iván a una clienta que hacía tres días visitaba el local buscando el kenzo que había pedido con anticipación.

1 comentario:

  1. Usted me pone en un aprieto al pedirme mi opinión porque yo se la voy a dar, y tal vez usted no quiere que yo le diga que tiene casi todas las comas mal puestas y que en mi opinión de ceñidora de espada (papel que usted me otorga) este texto necesita unos cuantos tijeretazos y un poco menos de pose. La historia es estupenda, así que cuéntela y ya. Corte sin miedo, no pretenda ser ocurrente porque ya lo es, quite la paja y lo cortaziano y omnisciente y el peronismo y Twitter y hablamos.
    Me gusta: La literatura no es husmear en los pensamientos de los personajes. Me gusta: Porque Iván existía y la cómoda era cómoda y no era ni gato ni árbol. Me gusta: un gato perfectísimo. Me gusta: esa Julia innecesaria y certera. Me gusta: existe una razón extraña para que nadie esté de acuerdo con nadie.
    Cariños,
    Lou

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