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3 may. 2016

LAS VÍAS


Habías venido del Chaco. No le diste muchas explicaciones de tu vida a papá, pero él vio que eras una buena persona. Te contrató enseguida para criarnos y ocuparte de la casa, porque mamá nos había abandonado. El tampoco nos dio muchas explicaciones sobre por qué se había ido; alguien nos dijo que la había seducido la revolución cubana y nunca recibimos ni una carta. Una vez te conté eso y me dijiste que seguro que se acordaba de nosotros, que a  veces la gente grande hacía cosas que ni ellos sabían bien por qué, más llevados por la vida que por otra cosa. No entendí demasiado en ese momento, hasta que las circunstancias  se presentaron.

¿Te acordás cómo nos hiciste asustar esa noche, cuando saliste corriendo de casa hasta  la estación abandonada, y nosotros detrás tuyo repentinamente contagiados de tu pequeña rebelión? En el medio de la noche se escucharían nuestros gritos llamándote “Mabel, Mabel”, pensamos que ibas a hacer algo terrible, no sabíamos muy bien qué. Te encontramos sentada, como una falsa Penélope, en la estación abandonada. Un par de vecinos se asomó por el batifondo, pero vio que éramos la familia González y en seguida volvieron a sus cosas. Esa noche en la estación abandonada, estábamos todos encima de  vos y no parecías preocupada por esto, al contrario, se te mezclaba el llanto con algunas risitas.  En principio fantaseamos, como todos los chicos, que la culpa de tu llanto y de tu huída era nuestra. Seguías llorando, te miramos las manos ya gastadas  y las piernas lindas sin medias.

Eras de la familia, participabas de las reuniones políticas y de las fiestas (y hasta una navidad elegiste pasarla con nosotros y no con los tuyos, por razones que callaste).

En casa siempre se hacían las reuniones del grupo, todavía no había pasado a la clandestinidad.

La catástrofe se había iniciado cuando te enteraste que el tío Nestor se iba a vivir  con la menor de las Ezcurra. Estabas haciendo la cena y de golpe saliste corriendo como si hubieses visto al mismísimo diablo, como decías vos. Entonces se supo que habías tenido alguna historia romántica con Nestor. Era el hermano menor de nuestro padre que  discutía siempre con él, sobre lo que llamaban los distintos frentes del peronismo.

Estarías impactada por  las hermanas Ezcurra, estudiantes universitarias al lado de tu escuela primaria sin terminar. Las chicas estaban  siempre detrás de Nestor, encantadas con sus discursos y dadas, ellas mismas a hablar todo el tiempo, usando palabras como heterodoxia, mientras prendían otro cigarrillo. Así que poco te miraría nadie a vos, supusimos nosotros, de antemano celosos de que algo así pudiese pasar. Y ahora entiendo el día que te encontré mirando un libro de Sociología, ¿o era sobre las Tesis revolucionarias de Mao Tse Tung? Querías aprender algo de lo que hablaban en las reuniones, y que a vos te concernía más que a nadie sobre todo cuando se trataba de clases oprimidas, igualdad social, proceso revolucionario; cuestiones que no entendías teóricamente sino en carne propia. ¿Nestor se acercó a vos con la excusa de enseñarte esos ideales revolucionarios  o fue más brutal, como el que se cree con derechos sobre la linda empleada de la casa?
Por lo de ustedes papá y Nestor se gritaron más que cuando discutieron sobre la actitud que tenían que tomar ahora que Perón les había soltado la mano y les reprochaba una violencia espuria. Nuestro padre le dijo que sus aventuras las mantuviera fuera de casa y no con la chica que nos criaba, el tío dijo que las mujeres eran dueñas de sus cuerpos y que podían hacer lo que quisieran, que nadie había obligado a nadie y entonces mi padre le dijo que vos tenía quince años y el tío Nestor ahí no le contestó nada.

Sabés, meses después al tío Nestor lo mataron en la esquina de San Juan y Entre Ríos y papá tuvo menos suerte, murió un poco después, por miedo y por un ablande que le hicieron en la comisaría de las Flores.
Nos vino a buscar una hermana soltera de papá. Con ella estuvimos hasta que cada uno cambió su rumbo. Ella no era como vos, pero no teníamos otra salida. Cuántas noches soñé con tus abrazos antes de dormir, como nadie me lo daba, yo me ponía de costado, rodeándome con mi brazo derecho, con mi mano bajo mi cabeza, en una costumbre que tengo hasta ahora. Carlos se fue a Méjico, y se comunica poco con nosotros, como si fuéramos un quiste, algo a extirpar. Fernanda hizo una carrera exitosa y vive sola. De mí no se puede decir demasiado, como el hermano mayor ni me fui ni me permito flaquear demasiado, como si tuviese la intuición de que alguno de ellos me puede necesitar. Elegí estudiar veterinaria, una carrera alejada de cualquier discusión política. Tengo una pequeña veterinaria, es un lugar más que seguro. Cultivo la amistad con recelo y prefiero quedarme en casa mirando una película.

Esa noche cuando escapaste corriendo de casa y nosotros detrás tuyo, te convencimos de que fueras con nosotros. Pasamos por la basura que se pudría en la acequia, el lugar estaba abandonado y daba miedo. Para mí fue como un mal presagio ese agua estancada, ese olor a podrido. Y te metimos de nuevo a la casa, como si fueras una ladrona, no la pasajera del tren que no pasaría. Con la misma ropa seguiste haciendo la cena para todos. El terror del golpe militar había silenciado la pelea de papá y Nestor por lo de ustedes. Esa noche comimos sin decir palabra alguna, tanto fue así que papá nos dijo si nos pasaba algo, para sacar la cena de aquel silencio de tumba. Dijimos que no casi al unísono. Carlos y yo en voz alta y Fernanda negando con la cabeza, con las trenzas que le habías hecho devotamente, mirando el plato de sopa, como alucinada por un descubrimiento. Entonces dijo:
-Yo nunca me voy a casar.

Después de un silencio mayor, todos, hasta vos, se echaron a reír. Yo permanecí alejado, observando el conjunto. Ese día la desarmonía del mundo nos pareció arreglada para siempre y nos fuimos a dormir, cansados por las novedades, mientras vos preparabas tu valija, despidiéndote mentalmente de cada uno de nosotros. Después al día siguiente, cuando vimos que te habías ido, armamos una escena digna de una tragedia griega, lloramos, lo increpamos a papá, al tío, la tildamos de maldita a la flaca de las Ezcurra que lo había enamorado a Nestor, dijimos que te íbamos a buscar. Carlos armó una valija con ropa y papá lo hizo desarmarla y le ordenó dejarse de joder. Así le dijo. Al rato por la radio dieron a conocer el comunicado número 1 de la Junta Militar. Luego los hechos se fueron desencadenando más o menos como te conté,  y cada uno, como bien me dijiste aquella vez, hizo lo que pudo, más llevado por la vida que por otra cosa. 

Violeta Lopiz

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