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23 jul. 2016

EL VIAJE

  En el colectivo, como cada martes, viaja un brazo, el brazo azulado y cubierto por la tela púrpura, inigualable, de la remera de Victoria Lynch. Viajamos parados y su brazo, rozándome las costillas cada vez que el colectivo colmado de gente se mueve bruscamente o se mete en algún pozo, me llena de deseo y de desamor. Pienso mientras viajo que el brazo subvierte el orden de lo bello y hace posible que pueda ver y describir con palabras su brazo y su larga hermosura, extendiéndose como un río que va hasta los hombros, ligeramente caídos, el brazo cuelga desde los omóplatos. Veo la piel de Victoria Lynch en HD y ella ni siquiera me mira, gira su cuello hacia rincones habitados del colectivo, mientras permanezco, como siempre, en los rincones inhabitados de esta ciudad que no es mía.
  Recuerdo largamente mis días en la iglesia, cuando mamá me llevaba a misa, me detenía a mirar el peinado de Victoria Lynch; el rostro único y bello de Victoria, cómo en las aulas donde aprendíamos la doctrina de la catequesis yo miraba los brazos y las manos de Victoria Lynch, mientras el colectivo pasa ahora rápido por los campos sembrados de soja y el miedo de que no me mire más, ¡pero si no me miró!
  El mismo brazo que hoy me roza ahora la piel es el que desearé mañana, y es verano, y hace calor, y ella va dar clases porque es maestra y me detengo mientras suena una música desconocida que lo abarca todo, y me detengo en su peinado, con su pelo negro terminado en unas vueltas exquisitas, lleno de fantasías y bellezas como es cada partícula del mundo de Victoria Lynch. Busco su mirada, como un abismo donde saltar y dejar todas las penas del universo y volver escalando, peldaño a peldaño, y no llegar más al trabajo, que es una tortura porque no se puede volver de a poquito al brazo de Victoria Lynch ni a ningún otro brazo parecido. Sólo hay café amargo y un río que surca la ciudad indescifrable y un laberinto del que no deseo salir. Sólo hay un brazo y es el de Victoria Lynch.
  Esta manía de viajar todos los días a un lugar imaginario, a un trabajo imaginario, a un deseo imaginario hacía que Antonio Díaz Larsen se lanzara cada vez más a un imposible, a una empresa con más debilidades que fortalezas. Pero a él no le importaba esto; su trabajo era encontrar la excusa para someterse a la búsqueda de ese brazo, ¿para qué? Nadie en la aldea lo sabía, ni siquiera su madre pudo precisarlo el día que vino llorando a casa, a pedir ayuda para Antonio por su obsesión por Victoria Lynch. Yo no puedo pararlo, ustedes tal vez puedan, nos decía, como si madre y yo no tuviéramos ya suficiente trabajo con ir y venir desde la aldea, caminar por las calles de tierra, pasar por el cementerio inundado para traer la leña y apaciguar así el invierno que azotaría las puertas y ventanas, mientras Antonio Díaz Larsen, quieto y sin rumbo como un muerto, en la taberna bebiendo y jugando a las cartas con sus amigos, se abocaría a la tarea de apaciguar la pena de no vivir, de haber nacido en el siglo equivocado.
  Cuando llegaba el invierno casi nunca salíamos de casa, por eso era importante buscar leña y mantener una fogata prendida. Yo era el encargado. Las calles de la aldea, cubiertas de piedras, no hacían fácil el camino al mercado. Antonio Díaz Larsen llegó a casa un día del padre (su padre había muerto, según dicen, cuando cayó del caballo que lo llevaba hasta el pueblo más cercano a comprar tabaco que le regalaría a su hermano Leopoldo por su cumpleaños) a buscar miel para prepararle el desayuno a su madre y no fue hasta ese momento fijo, perpetuo, inmejorable del destino, en que enloqueció. Al regresar a su casa parece, o dicen que parece, que encontró a su madre, cubierta con un velo negro y tirada en el piso y sin respirar, como se encuentra por lo general a los muertos.





  Tres años después, con Sofía entramos en la casa ya abandonada y caída de Antonio Díaz Larsen, encontramos cartas, papeles, fotos, collares de colores, libros. A Sofía le pareció ridículo o le dio risa o le pareció cursi que al abrir un cuaderno que Larsen guardaba en la mesa de luz ya desvencijada, dijera lo siguiente:

Un día el viento me arrancará los ojos
y se los llevará al desierto a enterrarlos en medio de la nada.
Ni ese día entenderé cómo la muerte vino y por qué y para qué.
Pienso que estarás siempre,
como está tu nombre tallado en el nudo de todas las gargantas del mundo
que no te pueden nombrar por la pena.

  A mí me pareció atinado el tono dramático, fúnebre si se quiere, pero como ella siempre tuvo un gusto exquisito por la literatura, no me opuse y acepté su sugerencia y reímos juntos, pero ese día no nos besamos porque Sofía tenía un aire distante, y por miedo o cobardía o no sé qué no quise decirle que la deseaba; aunque mi propensión a las hipérboles me hubiera impulsado a decirle que estaba enamorado, sabía bien en el fondo que era sólo deseo. Un deseo injusto (como todo deseo), porque no era correlativo con el amor, el amor que por fortuna en su locura sintió el gran Antonio Díaz Larsen por Victoria Lynch y que escribió o alguien lo escuchó decir, cosas de borrachos o de locos, nadie lo escuchó.
  ¿Puede alguien enamorarse de un brazo? Claro que sí, señoras y señores, pero también pienso que cuando le cuente esto a Sofía me va a decir que yo ya estaba enamorado de Victoria Lynch y que su brazo es una sinécdoque de mi amor por ella y que debería hacer algo. Pero no.
  Pasan el tren, el mar, los campos, los ojos de Victoria Lynch como un espejo donde se ven las cuatro estaciones y yo, tomado de su brazo, siendo perfectamente obviado por la indiferencia de los ríos y la soledad del que lee y el que escribe.

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