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6 feb. 2012

LA PURGA NARANJA

La canilla vomitaba aguas de hierro y la toalla me insistía la salvación imposible.

Le dije que no era sencillo frenar la hemorragia. La libertad de la grifería estaba predestinada al desastre.

Suelo gritar cuando me arrancan los nervios desde mi centro y mi sistema colapsa en la ducha.

Lo extraño. Se los he dicho y me lo he callado, para que parezca que no piensa, que no existe y que descarta.

Esta casa no nos esperaba y  llegamos de camping a habitarla. Está sufriendo atiborrada de invasiones ingratas. Yo le presto mi angustia mientras no nado en el mar de sal y ella me devuelve el dolor cuando la presiono y retuerzo en la ropa mojada.  Anaranjada.

Registro la muerte entre rollos ficticios por la imaginación de antes. La cámara ha evolucionado mientras nosotros seguimos prehistóricos en la avalancha de la edad de piedra oxidada.

En tanto mi silencio aguarda el desborde, una oruga levanta el llanto y la voz. No acredito demasiado que haya tal suplicio y me esfuerzo en pensar que es mi afán destructor, porque lo extraño. La falta me hace un agujero en el medio del tórax. Como una bala que llega directo desde el diván desquiciado.

La hora atraviesa su lactancia y la siesta ha quedado intacta sobre la sábana.

Cuando ya acontece un infortunio de noche prematura, los manantiales aquietan su tumba y dejan de llover sobre los cascos. Para quedar sucios, para quedar tatuada por arcilla y el sol pimienta.

Es que yo lo extraño y así se juega el castigo del purgatorio al infierno que tengo ganado. El cielo se quedó en la cama con él, que ya dije que lo extraño.

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