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17 jun. 2012

LA PROFE DE LITERATURA


Al escribir así, algo mío se va. Me pierdo. Tengo sensaciones incomprensibles.

Hace unos veinte años atrás me preguntaron si podía imaginar la primavera siendo anciana. En ese momento me pareció una pregunta horrible, mi profesora de literatura me hacía pensar.

 -¿Se imaginan al 21 de septiembre dentro de veinte años?

 -Uf, se me vino una cortina de humo encima. No, profe.

No era cualquier pregunta, sobretodo porque venía de la mano de ella, mi profe, un ser especial. Una mezcla de desparpajo con cientos de libros volando por encima de sus rulos. Yo podía verlos, y la amaba, no sé si a ella o a los libros que se le metían adentro y salían de su boca para entrar en mi corazón.

Pensar se me volvió un vicio irresistible tanto o más que la primavera. Verla llegar dolía, pero no tanto como verla partir.


Fuenteovejuna, decía, y yo temblaba, me imaginaba a Lope de Vega como a un demente que interfería entre mi profe y yo; ella lo amaba y yo ni siquiera conocía su rostro. Fuenteovejunafuenteovejuna era casi un mantra invertido para mí. Lo repetía para alejarlo.


Obra de tres actos y nosotras tres (la profe, Marcela y yo) en ese pueblo inexistente cargado de una extraña similitud a esos silencios a la salida de la escuela.

Todo era muy raro y nadie parecía entender, ni yo a veces.

La madre superiora rondando la clase y ella, mi profe, se metía con los Reyes Católicos. Imaginarlo me estremecía, temía que la escucharan, la castigaran. -No te voy a ver más, no te voy a ver más- pero entre dientes murmuraba: seguí, seguí. Yo quería que la Madre Superiora irrumpiera en el aula y, absorta ante sus palabras, comenzara a gritar y darnos la oportunidad de que, con sólo parpadear nuestros deseos, se metiera entre las páginas de Fuenteovejuna para ser despojada de ese hábito negro que tanto nos intimidaba. Bien merecido lo tenés, pensaba, pero nunca lo logramos, ni nosotras ni los que andaban por las calles sin que supiéramos demasiado de qué se trataba.

Nunca me atrevía a levantar la mano, responder me ruborizaba (o no, pero me sentía roja). Marcela, en cambio, ocupaba los primeros bancos y cualquiera de sus intervenciones eran festejadas por mi profe.

Más atrás, correrme, entrar en estado onírico para no llorar por dentro la certeza de ese olor a indiferencia. Más atrás para no crecer, más atrás para no tocar el rojo (ni el de mis adentros ni el de las calles).

 - ¿Adónde te vas, profe?

 - Dejala.

 - ¿Eh?

Y ahí estaba Marcela insatisfecha, queriendo más. No le alcanzó con romper mis mejores redacciones en segundo grado, quería también llevarse mis sentimientos, ella sabía que mi sed de Fuenteovejuna no era la misma que la suya. Debería haber saltado por la ventana para sumarse a los que preguntaban sabedondestasuhijoahora. Y lo hizo, pero tarde, me enteré por una amiga que se había casado con un militar y que tenía cinco hijos. Debería haber saltado ayer. No lo hizo. Y dejó en mí un colorado de sabor amargo, que se agudizó el día que me enteré que a la profe se la habían llevado; lloré hasta quedarme dormida. A Marcela no le importó. Amanecí en un lago. Flotando en mi desconcierto, el que llevé apretado en el pecho hasta que la volví a ver en un cacerolazo donde me contó que había estado presa y que pudo zafar de las garras de los aniquiladores del pensamiento por la paradójica voz de la Madre Superiora (sonrisas con ojos vidriosos).

No podía creer que estuviera ante mí, y en ese instante recordé su pregunta. Ya no me parecía horrible, se me habían metido veinte primaveras en el alma y ella era una de esas flores perdidas, como tantas otras por las que quizás yo alguna vez me desaparecí.

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