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19 may. 2013

LA ÚLTIMA LA VERDADERA


Mientras bajaba la escalera
hubo una alerta sincera.
Estaba a punto de caer.
Veía un rodar dramático.
El suspenso quieto
de una película en su desayuno.
La reverencia equívoca
de un telón sin movimiento.
Escalón
por escalón
cobraba la vida
en una foto.
Los hilos de sus botas
eran felices siempre.
Saltando entre esos pasos
se acorazaban los miedos.
Rodar y morir.
Romper el cráneo
contra el peso.
Por eso,
separó las piernas.
Bajó como gato
con pisadas ligeras.
Los dijes del cordón
se encontraron al golpe
como pequeños repiques.
Música de uña retráctil
que araña lo que no sabe
y mordisquea la carne
desde el labio hasta lo inútil.
No había por qué temer
aquello que se hace inevitable
en la visión de un acto.
Que el cordón se entreverase
y el andar se hiciese nudo
entre un cavilar y el otro
del objeto de un suicida,
que nunca muere.
Sería la gala sutil,
la del tranco felino
arrancando el mármol
y todas las vidas
de un retrovisor.
Sería la digna escena
de una última muerte.
La verdadera.

Obra: Angela Lergo

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