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8 ene. 2014

CAJAS

Mi hermana y yo nos quedamos suspendidos, congelados.
Eran dos cajas de madera rectangulares, talladas, preciosas, lustradas. Como si eso fuera poco estaban cerradas. Mi hermana sostenía la suya sobre sus piernas, petrificada. Yo intentaba abrirla con desesperación. Hacía fuerza con mis dedos sucios de tierra pero la maldita se resistía. Espié por el agujero de la cerradura pero no se veía nada. Sólo un olor fuerte, a madera, se metió en mi nariz.
Mi madre nos miraba. No habíamos notado que, delante de su sonrisa, cada una de sus manos sostenía una llave.
Mientras mi hermana, hipnotizada, acariciaba los recovecos de la madera tallada, me levanté y le arranqué a mamá una de las llaves de la mano.
Las cajas las había traído Alberto, un carpintero. El era capataz en la fábrica donde trabajaba mi padre. Mi papá era ingeniero y todos nos saludaban amigablemente cuando me llevaba a visitar las máquinas.
En ese momento mi padre estaba abajo, en el living, seguramente tomando su cafecito.
Metí la llave en la cerradura. Ahí mi hermana reaccionó y, como siempre, se puso a llorar. Mamá detuvo el llanto dándole la otra llave.
Mi llave no funcionó. Obviamente las llaves estaban cambiadas. Salté sobre mi hermana para arrancarle la suya. Como siempre, me costó trabajo abrir los deditos, uno por uno, para obtener el trofeo. Ella seguro que otra vez empezó a llorar amargamente pero yo ya no podía oírla, mientras introducía, muy concentrado, la nueva llave en la cerradura de mi caja misteriosa.
Mamá tomó la llave que yo dejé y transformó el llanto de mi hermana en un leve “puchero” al ayudarla a meterla en la cerradura de su caja.
Mi caja se abrió tres segundos antes que la de mi hermana.
Mi “¡ohhhh!” comenzó tres segundos antes que el de ella.
En el interior de nuestras cajas, forradas por dentro con terciopelo verde, destellaron los colores.
Eran billetes rojos y verdes, apilados.
Yo grité “¡Plataaaa!” y pensé en toneladas de chocolatines Jack con sorpresa y en pilones altísimos de figuritas Marte Ataca.
Agarré el fajo de billetes y lo apreté contra mi pecho.
No entendía por qué mamá llamaba casi con desesperación a mi papá, pero presentí que la vida de esos billetes entre mis dedos iba a ser demasiado corta.
El “¡Carlos.... Carlos!” de mamá desmoronó las pilas de figuritas y derritió los chocolatines.
Mi atención se dirigió entonces hacia la puerta de mi cuarto, donde irrumpiría, de inmediato, la implacable figura de la injusticia.
Efectivamente, mi padre, en un proceso sintético y preciso, de ingeniería, entró a mi cuarto, observó las cajas, mis manos, el dinero, las manos de mi hermana, el dinero, y diciendo “Nooo” en tono de barítono, tomó la caja de mi hermana, su dinero, mi caja y mi dinero, para llevárselas escalera abajo.
Nuestros llantos seguramente todavía resuenen en la casa de Quilmes.
Con los años pude entender que la palabra “despojo” correspondía exactamente a la sensación que tuve en ese momento
Me acuerdo de la voz de mi padre pidiendo por teléfono que Alberto se presentase inmediatamente en casa.
Me acuerdo del gesto del capataz, inclinando la cabeza, disculpándose por algo que no entendía del todo, mientras mi padre le decía “Las cajas, está bien, se las agradezco mucho... pero el dinero... nooooo, de ninguna manera”.
Recuerdo la sensación de angustia al ver cómo mi dinero, arrugado, desaparecía en el bolsillo del capataz.
También me acuerdo de esa caja de mierda que me devolvió mi papá. Nada, jamás, estuvo tan vacío como esa caja de madera.
El odio hacia mi padre duró unos cuantos días, tal vez meses.
Ahora, después de tanto tiempo, puedo apreciar el perfume a madera noble que todavía persiste en el interior de esas cajas que me dejó mi viejo, aunque muchas veces aparenten estar irremediablemente vacías.



Miguel Tanco

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