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16 ene. 2013

EL GUARDIÁN DE LA COSTA


Las caracolas relatoras de mitos, o la propia leyenda, da lo mismo, cuentan que una carcajada tremenda del océano abrió una grieta en la playa en donde el tiempo no avanza y siempre es el hoy más feliz.
El hombre de la costa siempre la busca inútilmente. Aunque, pensándolo bien, peor sería dejar de buscarla. Mientras tanto espera.
Siempre espera que no. Pero en silencios distintos, siempre le ocurre lo mismo. Al final del verano, el otoño, ese híbrido, indiferente prólogo del hielo. El que hará de todas sus flores un ramo de hojas secas. Ya no teme, ya casi ni sufre. Se le ha terminado su conmovedora locura. Está condenado a la cordura. No obstante, todo lo que acostumbra hacer, lo emprende con el mismo entusiasmo. Suele llegar temprano, es que tiene que levantar el pesado telón de la niebla.
Así medita el hombre solo frente al mar. Como si fuera un mojón humano de testimonios. En ese lugar delgado donde el agua se hace costa. Donde las huellas duran menos que las pisadas. El habla solo con su discurso sin gentes.
Le habla a los pájaros alborotadores, a la pesca no lograda, a esa promesa extraviada, a las cenizas con rescoldos vivos, a los amores del verano al sol y a las sombras. Le habla a todos y a todas las cosas. A las maravillosas, aun con su lado más terrible. Pero cada año que pasa, le habla más a las sombras.

Obra: Benjamin Cohen.


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