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23 mar. 2013

MANUEL


Para mi amiga y su tristeza.
Ojalá nada hubiera ocurrido.




Las cosas suceden porque sí. La vida es tan azarosa que es incomparable al laberinto. Dentro de él existe la salida. Sin embargo, la vida, a veces, se queda sin respuestas, con callejones sin salida que concluyen en otros callejones sin salidas. Sin preguntas, sin aire.
Yo lo amaba pero no pude decírselo. Un momento exacto que no fue, que no pudo esperar.
El tiempo blando y sencillo del sofá y tu pecho. Pero el miedo a que te espantaras, la bendita libertad, la promesa del descompromiso. Y yo tan taza de té tibio, con los ojos bien abiertos, casi gritando que te amaba. Que eras el siniestro hacedor de mis sueños, donde te empeñabas en aparecer, el señor enredado en las sábanas satisfaciendo los secretos de mi cuerpo. Así el amor. Así el silencio.
La película terminaba y el pocillo se apoyó en su plato. Silencioso. Dormías.

Foto: Dennis Zeliotto.


En el colectivo lloré un poco. Mi tristeza era más fuerte que el pudor. Yo te quería. ¿Por qué me condenaba a abandonarte? ¿Por qué no me conformaba con lo que querías dar? Llegué a casa y te llamé solo para escucharte. No atendiste, el sueño por fin te había ganado después de tantos días mal dormidos. Mañana a la mañana.
Te llamé temprano y te dejé un mensaje invitándote a almorzar. No respondiste y asumí que estabas enojado. Sin embargo  te esperé en el bar, inútilmente. Llovía y te llamé desde la calle frente a tu departamento. La luz de la cocina seguía prendida. Te rogué por mi salud que me dejaras pasar. La tormenta arreciaba y no había amparo en mi auxilio. Esperé. Un cigarrillo tras otro buscando el resguardo del frío. La luz seguía indemne en la madrugada. Con sueño paré un taxi y volví a llamarte. Habrías salido y yo como una pelotuda mojada hasta el alma que no paraba de llorar. Ni un minuto.
No pude dormir. Me tomé dos pastillas y te llamé un poco borracha, llorando, pidiéndote una puta explicación de tu silencio. Una maldita respuesta. Un merecido “Andate a la mierda” en palabras y no ese silencio indiferente. Plano. Absurdo.
Te insulté, te pedí perdón y te aseguré que me apostaría frente a tu casa hasta que me dieras el último beso.
Y me dormí.
Me desperté tarde, más tarde que de costumbre. Corrí a bañarme y te llamé mientras me  cambiaba. Iba a buscarte antes de entrar al trabajo. Somos adultos. Un café.
El colectivo tardó, te dejé otro mensaje pidiéndote disculpas por estar tan retrasada. La calle estaba cortada. Me bajé y apuré el paso. El camión de bomberos era enorme. La gente estaba agolpada en el palier. La mujer del encargado salió gritando a mi encuentro. ¡Dios mío, qué desgracia! ¡Manuel, Manuel! ¡Dos días muerto, hija, ahí solo, pobrecito, Dios mío!. Fue el corazón. Dios mío, ¡tan joven! ¡Por qué, Dios, por qué!
No pude seguir oyendo. Los oídos se taparon. Me costaba muchísimo poder ver. Tuve que forzar la vista para distinguir toda esa gente que llevaba una bolsa donde sonaba estúpidamente tu celular. Una bolsa con forma de Manuel que se llevaba a Manuel.
Apagué el teléfono.

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